marzo 20, 2015 9:10 am

Hoy no queremos reflexionar sobre los diversos problemas que afectan al país, que inevitablemente deberemos enfrentar en pocos meses y que están relacionados con desórdenes y conflictos económicos, políticos y sociales. Ciertamente importantes y urgentes. Como los que se refieren a la economía (inflación, consumo, crédito externo, deuda), la seguridad y el narcotráfico, las deficiencias en las áreas de la Salud, Justicia y Educación, y el déficit energético y en infraestructura de todo tipo. Estos son problemas que están en las agendas de todos los aspirantes a la Presidencia de la Nación para las próximas elecciones.

La ley y las formas
Ustedes se preguntarán qué tema nos ocupa más que estos y que, tal vez, en el excesivo título de este artículo, preanuncio como inquietante. La Argentina se debe una alianza estratégica interna, que no sólo involucre a todos los partidos políticos y a los tres poderes del Estado, sino que incluya a todas las instituciones (públicas y privadas) y a todos y cada uno de los ciudadanos y habitantes de nuestro país.
Un desafío que es una deuda pendiente de la democracia y sin el cual no será posible solucionar ninguno de nuestros problemas internos; ni ayudar a construir la postergada alianza estratégica regional o la anhelada inserción de la Argentina en el mundo. Un paso hacia el futuro que la Argentina se está debiendo desde la recuperación de la democracia.
Sabemos que si no logramos esa alianza estratégica interna, será inútil intentar la solución de los reiterados y periódicos problemas nacionales. Hemos asistido permanentemente a crisis recurrentes que producen más desencuentros y que nos obligan a volver a empezar. Siempre, porque falta lo fundamental para encarar cualquier desafío: confianza en nuestras propias aptitudes y en las autoridades democráticas, y entusiasmo para solucionar los problemas, no sólo los más urgentes como la seguridad y el hambre, sino también todos aquellos que hipotecan nuestro futuro como sociedad organizada.
El próximo gobierno deberá tener una idea clara de lo que una sociedad democrática necesita realmente. Aptitud y conocimiento de lo que significa la verdadera organización política del país y el ejercicio del liderazgo político.
La pacificación de los ánimos es lo primero. Un gran acuerdo nacional no significa que se habrá terminado con todos los conflictos; no somos tan idealistas ni tan ingenuos; ni creemos que, de un día para el otro, todos estaremos de acuerdo en todo. Significa que encontraremos una manera más civilizada de convivir con nuestras grandes y naturales diferencias.
A lo que nos referimos no es ni siquiera a un acuerdo político del tipo del Pacto de la Moncloa –que sin duda también nos hace falta–, hablamos del compromiso de cumplir la ley, respetar la Constitución Nacional y de algo que va más allá de las normas escritas y que está relacionado con las formas que imponen la convivencia democrática y con virtudes propias de las sociedades republicanas, como la prudencia, el diálogo, el respeto, el saber escuchar y el reconocer en el otro a una persona humana, a un ciudadano y a un compatriota.

Acordar para el futuro
Esas cosas que no son posibles de lograr con leyes o decretos, sino que reclaman un esfuerzo de la voluntad, siempre se organiza desde arriba, desde el ejercicio diario del poder, principalmente con el ejemplo. El ejemplo de cumplir con la palabra empeñada.
Sospechamos que sólo podrá llevarlo a cabo quien no pretenda ganar una próxima elección, alguien que se permita el coraje y la audacia de no pretender la reelección, sino que su objetivo sea pacificar y ordenar el país. Devolverles a los argentinos la confianza en la política y las instituciones. Para reconciliarnos definitivamente. Una tarea enorme y muy difícil porque llevamos ya muchos años de desencuentros.
Quien resulte electo en las próximas elecciones deberá comprender que debe gobernar para el futuro de todos los argentinos, sin excepción. El país en su conjunto. Se trata de mirar hacia adelante para descubrir oportunidades. Observamos que en el año electoral que ha comenzado hace tan poco, nadie habla de este monumental desafío histórico que nos estamos debiendo.
El nuevo gobierno deberá enfrentar serios problemas coyunturales y de mediano y largo plazos y será observado permanentemente por la ciudadanía y la nueva oposición que surja de las próximas elecciones. Hablar de construir una alianza estratégica interna no será creíble una vez que se encuentre sentado en el sillón de Rivadavia.
Por eso es urgente que los políticos de los diferentes partidos, que están insertos en la carrera a la Presidencia de la Nación, tomen conciencia de esto y empiecen a trabajar desde ahora, no hay tiempo que perder. La Convención de la UCR y los diferentes acuerdos de gobernabilidad que se han puesto en marcha entre distintos partidos nos dan alguna esperanza, pero también reflejan algunas mezquindades que son necesarias superar.
Estaríamos más tranquilos si estuviésemos seguros que comprenden que no se trata sólo de gobernabilidad –el tema más trillado del momento y, al parecer, el que más preocupa a los que tienen la posibilidad de acceder a la primera magistratura de la Nación–, sino que en lo profundo de esos acuerdos debe existir un objetivo superior, que signifique alcanzar una verdadera alianza estratégica interna de unión y pacificación definitiva.
A partir de ella, estamos seguros, será más fácil afianzar una democracia sana, una auténtica república y encontrar los caminos que nos permitan solucionar los problemas que tanto nos preocupan.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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