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noviembre 3, 2016 9:48 am

Esta semana se cumplieron 33 años de las elecciones del 30 de octubre de 1983 que le dieron el triunfo al candidato de la UCR Raúl Alfonsín, frente al hasta ese entonces imbatible en la urnas, el Partido Justicialista, con Ítalo Luder como candidato.

Ahora son mayoría los argentinos que crecieron y se educaron en democracia, claro que mientras ésta crecía y se afianzaba, por lo que probablemente existe un atávico temor a que “algo va a pasar”, por otro lado también persiste esa sensación que todavía es transitoria. Por eso todavía decimos: “ahora que estamos en democracia…”, en lugar de decir: “…somos una democracia”.

Ocupados en nuestras cosas cotidianas que tienen, en cada vez más casos, el objetivo de llegar a fin de mes con las deudas no pagadas, pero sí más o menos controladas, nos estamos olvidando de una dramática porción de compatriotas a los que les preocupa nada menos que poder comer o que si sus hijos se enferman, tengan acceso a servicios de salud eficientes y confiables. O sea, que se trata de concretar de una buena vez, tres décadas más tarde, aquella emotiva prédica de Alfonsín: “Con la democracia se come, se cura, se aprende…”.

Después de tantos años de fracasos por ineptitud y por efecto de las trapisondas de tantos vivillos, percibimos que las mieles de la libertad, de la paz social sin represión brutal y homicida, de la posibilidad de disentir, pueden peligrosamente empezar a ser secundarias cuando las frustraciones sociales se ven cada vez más frecuentes y duraderas.

Claro que esta forma de decirlo suena muy eufemístico. Hay más del 32% de pobres que tienen casi ninguna posibilidad de dejar de serlo, a esto se agrega el 6,2% de indigencia. Trasladado a seres humanos –iguales a los que nos cruzamos todos los días en la calle o en el micro, los mismos que ‘molestan’ pidiendo en las casas o en las mesas de los bares–, estamos hablando de 13 millones de personas, según reza el informe del Observatorio de la Deuda social de la Universidad Católica Argentina.

También nos enteramos en esta semana que es altísimo el número de familias que habitan en villas miseria, sin luz, sin agua y sin cloacas. Imaginemos esa situación todos los días: levantarse en invierno sin calefacción, apenas tomando un mate cocido y cocinando con leña que hubo que salir a buscar afuera. O con calores insoportables, sin agua potable y nula posibilidad de higenizarse como lo requiere la más elemental dignidad humana.

Es claro que para millones de argentinos la democracia no les garantiza una vida decorosa, y seguramente para ellos es relativa la importancia de que ésta persista, se perfeccione o se vaya al diablo. Por suerte esta última posibilidad todavía está muy lejos, los que padecimos las últimas dictaduras tenemos el deber de transmitir la idea y el sentimiento que sin libertad y democracia no es posible realizarse ni crecer. Sin embargo, pronto nos quedaremos sin argumentos frente a los ejércitos de pobres e indigentes, o los millones de chicos que no pueden encontrar empleo o perdieron el rumbo sin la cultura del estudio y del trabajo. Es decir, que se están dando por vencidos.

Es preciso entonces bregar para que la democracia no sea la cáscara de un proyecto vacío. De la formalidad declamatoria debemos pasar, como sociedad, a la incorporación genética de la democracia como opción excluyente, de plantar cara. ¿Pero ante quién? ¿Ante el Gobierno actual? ¿Ante el gobierno que ya no está? Como están las cosas, hay casi que empezar de cero.

Hay para todos, porque se trata de un defecto sistémico y la deuda es de todos –con todos–, de los que tienen poder para decidir en favor del bien común y no lo hacen –porque no saben, no se animan o nunca tuvieron la intención de hacerlo– y eso hace que nos mantengamos a los codazos con el de al lado, porque alguien no nos dio el lugar que nos correspondía. Esto es –como mínimo– hacer cada uno lo suyo y no perjudicar a los demás, en la proporción que se asigna nuestro rol en la sociedad.

Parece ingenuo, pero ¿acaso no es eso lo que pasa en los países que muchas veces elogiamos y envidiamos? El respeto por el otro, el ceder un poco en beneficio de los demás, la fórmula mágica del “permiso”, “por favor” y “gracias” hace la vida mas llevadera en la sencillez de nuestra cotidianidad. Con esto no se van a volver todos buenos, por supuesto, pero nos dará autoridad moral para exigir hacia arriba en la escala de poder de decisión a que no se nos engañe, a que el que tomó el compromiso de gobernar, desde cualquier nivel de poder, rinda cuentas y no se atreva a llevarse lo que no es suyo y, por sobre todas las cosas, que primero se capacite y no se meta si no sabe.

Por ahora estamos a medias, la deuda social está impaga, la democracia se debilita y deja espacios que ocupan los personajes oscuros de la violencia, esa que en la Argentina sigue siendo padecida en muchas de sus versiones, mientras perdemos tiempo en echarnos la culpa unos contra otros.

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