julio 10, 2015 8:53 am

Con el mes de junio ha terminado lo que podríamos llamar la primera gran etapa en la carrera para las presidenciales del 2015. A partir de este fin de semana se juega la gran batalla final entre las agrupaciones y los candidatos que desean alcanzar la primera magistratura del país. Se diría que la suerte está echada. La situación ya está planteada y, salvo un grueso error de cálculo, sólo queda esperar.

Excesiva confianza en el fin de ciclo

En un artículo del pasado 5 de junio habíamos adelantado que para esta época, aproximadamente el 41% del padrón electoral del país habría emitido opinión. Si se sabe leer la forma en que votó ese enorme porcentaje, es posible conocer la tendencia que guiará el timón hacia las próximas elecciones presidenciales.
Anunciábamos que alguien debía proyectar los números de esa ingente encuesta y cotejarlos con sondeos en aquellos lugares donde aún no han tenido lugar las elecciones distritales, principalmente en la provincia de Buenos Aires que –por su enorme importancia, representa la mayor incógnita para encuestadores y políticos.
En aquel momento –hace ya más de un mes–, todavía había algún tiempo para ratificar o rectificar acuerdos y corregir algún error.
La oposición, hasta aquí, tuvo tantas oportunidades como las que dejó pasar. Un importante sector de la UCR –el partido político que mejor parado se exhibía hacia fines del 2014– apostaba, hasta principios de este año, por dar la batalla desde la unidad de las diferentes corrientes políticas que deseaban un genuino cambio de rumbo.
A partir de esta idea, una tras otra, se fueron desarticulando las buenas intenciones. Primero fue la desintegración del espacio Unen, que le quitó fuerza a la propuesta de unidad opositora; luego, las disidencias en elecciones provinciales y municipales, entre frentes que compartían el mismo espacio con diferentes miradas hacia los comicios nacionales. Esto fue minando las posibilidades de converger en las presidenciales.
Finalmente, la oposición, que sabe lo difícil que es arrebatarle el poder a un partido cuando está en el ejercicio del gobierno, parece haberse olvidado de la provincia de Buenos Aires.
Tal vez los descuidos de la oposición tengan una explicación psicológica. Lo cierto es que, en los últimos meses del año pasado, también, se terminó de consolidar la idea de que estas próximas elecciones eran, inexorablemente, un fin de ciclo. Esa certeza fue lo que avivó las llamas de esperanzas de todos y cada uno de los contendientes, respecto de que tenían una buena oportunidad. Porque un fin de ciclo significa el comienzo de otro y, en ese renacer, siempre algo distinto puede llegar.
Esto no sólo ocurrió con aquellos que aspiran a la primera magistratura, sino que se sumaron los candidatos a todos los cargos electivos. Porque también un fin de ciclo significa renovación y todos prefirieron darlo por hecho.

Siempre hay tiempo para otro error
Lo cierto es que, a mitad de camino, el oficialismo inauguró una nueva consigna que heló la sangre a más de uno; haciendo gala de renovada iniciativa –que, para ser sinceros, nunca perdió–, planteó un nuevo objetivo estratégico que echó por tierra muchas expectativas de renovación política. “Entregamos el gobierno pero no el poder”, anunciaron los voceros gubernamentales, cuando la oposición ya había optado por una formidable y alegre dispersión de candidatos. Ya no había marcha atrás posible, porque se había agotado el tiempo estratégico. Las listas estaban armadas y es muy difícil, en pocos días, recomponer alianzas que se ningunearon durante medio año.
Hasta aquí se le puede echar la culpa a un error de cálculo. Pero este fin de semana pasado fueron las elecciones en varios importantes distritos, entre ellos, la Ciudad de Buenos Aires, donde el candidato del PRO, Horacio Rodríguez Larreta, ganó con una amplia mayoría que lo dejó a apenas cuatro puntos y medio de evitar la segunda vuelta.
Sin embargo, Martín Lousteau, candidato de ECO (Energía Ciudadana Organizada) que salió segundo –veinte puntos porcentuales abajo– y que, curiosamente, integra el mismo espacio junto al PRO de Mauricio Macri en la contienda presidencial, se va a presentar para competir en la segunda vuelta que tendrá lugar el próximo 19 de julio, a apenas 20 días de las PASO nacionales; sin chances y, al parecer, al sólo efecto de un desgaste sin sentido entre fuerzas que disponen de objetivos compartidos y que pretenden arrebatarle el poder al oficialismo
La oposición –lo que hoy llamamos oposición–, evidentemente adolece de irrealidad. Lousteau fue categórico: “No hay posibilidades de que no me presente al balotaje”, y planteó que puede sacarle votos incluso a Larreta.
Los políticos parecen no haber comprendido cuál es el verdadero cambio que la gente está reclamando. Si el esfuerzo se dispersa, finalmente triunfarán quienes apuestan por el gatopardismo de cambiar algo, para que todo pueda seguir igual.
Advertimos que lo que está ocurriendo en la Ciudad de Buenos Aires, en este último tramo de las elecciones para elegir jefe de Gobierno, es lo que viene ocurriendo en el país desde que arrancó la contienda electoral. Pareciera que por un lado hay una sobreoferta de vanidades y, por otro, una sociedad que está cada vez más temerosa de dar cheques en blanco.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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