Pisculichi

noviembre 28, 2014 11:10 am

El desahogo fue inmenso, se replicó de los once en 60.000 y de esos miles en millones a lo largo y ancho de todo el país. Fue una semana intensa, cargada de saldos negativos, la pérdida de la punta del campeonato en manos de un timorato Racing, el duro golpe de Marcelo Gallardo (perdió a su mamá), y la posibilidad latente de que el clásico rival lo dejara con la manos vacías en un semestre que arrancó con todas las luces y que navegaba en penumbras. A esto hay que sumarle el bochornoso episodio protagonizado por los barras en la confitería del club.

Todos estos factores, más la locura colectiva que desfigura el aspecto lúdico del juego y transforma al fútbol en un deporte con ribetes de showbizssnes que tiene el boxeo, donde el leitmotiv es “el como sea” y así fue. Como si fuera una película dirigida por Stephen King, la noche comenzó peor imposible para el local: a los 15 segundos, el arbitro del encuentro, German Delfino, no dudó y pitó penal para Boca por infracción de Rojas, fue en ese instante en que cobraron vida los fantasmas de aquella noche de 2004 donde los de la Rivera enmudecieron al Monumental. El Puma Emanuel Gigliotti, verdugo de River, ejecutó y encontró en el recorrido hacia la red la salvadora mano de Barovero. Entonces lo que parecía pesadilla se transformó minuto después en épica pura.

Pisculichi corrigió la trayectoria de un balón cargado de vehemencia y le puso sutileza y precisión a la única alegría de un encuentro que tuvo mucha fricción, mucho desgaste, mucha protesta y muy poco juego. Esta vez fue River el que dejó a Boca sin nada, fue River el que esperó diez años por una “venganza Monumental”. / Gabriel Landart

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