marzo 27, 2015 8:30 am

Entre el 10 y el 11 de abril se realizará en Panamá la VII Cumbre de las Américas donde, por primera vez, asistirá Cuba representada por su presidente Raúl Castro.
Será sin duda una cumbre importante. Ban Ki-Moon, la máxima autoridad de las Naciones Unidas, ha anunciado su presencia.

Para unos, complicada y para otros, incómoda
Un encuentro que estará lleno de contradicciones y dilucidaciones para el continente.
No sólo es el esfuerzo de imaginar a los presidentes de Cuba, los Estados Unidos y Venezuela compartiendo la mesa de reuniones y los discursos –que lógicamente colman todas las expectativas-, también inquieta la presencia de otros líderes de la región cuyas economías y credibilidades se encuentran en serias dificultades.
Si la idea de Hugo Chávez –que no pudo materializar-, era la de convertirse en el nuevo Fidel Castro de la región, parece que su sucesor Nicolás Maduro, no sólo lo está logrando con comodidad, sino que ya lo ha superando ampliamente, porque lo está reemplazando en vida, con toda holgura, en el rol de enemigo íntimo de los Estados Unidos.
El error de Chávez, y ahora de Maduro, fue pensar que la historia puede repetirse. El mundo ha cambiado tanto en estos últimos años, que las posibilidades de repetición son muy pobres, casi imposibles. Pretender encarnar una cruzada contra el imperialismo yanqui, a la manera que lo hizo Fidel hace casi 60 años cuando arreciaba la Guerra Fría y cuando aún nadie hablaba de asimetrías insalvables demuestra, como mínimo, una ingenuidad absoluta.
Esta es la oportunidad en que las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba pasan por su mejor momento en el último medio siglo, circunstancia que complica aún más la situación de Maduro y de más de un mandatario latinoamericano. El pasado 9 de marzo, el presidente Obama firmó una nueva orden ejecutiva que declara una “emergencia nacional” por la “amenaza inusual y extraordinaria” de Venezuela a la seguridad nacional.
No es que para Maduro las cosas empezaron a complicarse recién ahora –éste es sólo un capítulo de la historia–, esta última disposición del presidente estadounidense es apenas una forma protocolar, para motorizar las sanciones a siete miembros del gobierno venezolano que Washington acusa de corrupción y violación de los derechos humanos y, con ello, pretende congelar sus abultadas cuentas en los Estados Unidos.
Por si las cosas no fueran complicadas para esta cumbre, la administración Obama prevé la reapertura de la embajada en la Habana para ese mismo mes y, en medio de los empellones entre Washington y Caracas, que repercuten a todo lo largo y lo ancho del continente, promete tener muy pocas reuniones con los presidentes sudamericanos.
La Unasur, liderada escasamente por Brasil, ha adherido a proporcionar un elemental y un culposo y poco efusivo apoyo político a Nicolás Maduro, después de la arremetida de Washington, convirtiéndose de este modo, en militantes chavistas sin mucha convicción.

Nada podría estar peor
Cabe destacar que la situación en Venezuela es la peor que se ha vivido en años. La caída del precio internacional del petróleo ha potenciado todas las dificultades económicas del régimen. Todo parece empeñarse en demostrar que el festejado milagro venezolano de otrora, se debió más al formidable precio internacional del petróleo, que a las bondades del modelo bolivariano o a la mentida eficiencia de su relato administrativo.
La realidad no permite mayores efusividades. Algunos líderes de la Unasur, que no están en condiciones de imponer exigencias fronteras adentro, menos pueden hacerlo fronteras afuera.
Particularmente Brasil, donde los ingentes esfuerzos de Rousseff por acomodar los números de la economía, adaptando su propio programa al que ofrecía su principal opositor Aécio Neves –tan vapuleado en la campaña como neoliberal–, están resultando infructuosos. Aparentemente, los daños producidos por la corrupción y la falta de sinceramiento económico ya son irreversibles.
Esta semana, la Justicia brasileña aceptó la denuncia de la Fiscalía contra el tesorero del PT (Partido de los Trabajadores) por las implicancias del partido con el escándalo de corrupción en Petrobras.
El mito de Lula y del PT, que ha crecido durante años a la sombra de la humildad política y la sensibilidad social, parece derrumbarse entre escombros de corrupción, lavado de dinero y asociación ilícita. Ya tiene 27 miembros imputados por disfrazar de donaciones de contribución de campaña a dineros provenientes de comisiones de contratos espurios.
“Porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”. La frase es de Simón Bolívar (discurso de Angostura, publicado en el Correo del Orinoco, del 20 de febrero de 1819), y uno se pregunta por la distancia que hay, no sólo temporal, sino de altura moral y sabiduría entre éstos que hoy nos mienten (hasta con la historia) y aquellos a los que esos embusteros pretenden emular.
Hay algo que ha salido muy mal en ese socialismo a la bartola que se inauguró a principios de la década pasada en la región y que, en algunos países, sólo ha estado haciendo alquimia política y oscurantismo social y ya no pueden sostener un relato que amenaza con descalabrarse.
Una cumbre en la que, además de discutir los problemas hemisféricos, deberán mirarse a la cara mandatarios que recién comienzan su gestión, otros que han sido buenos administradores y no pocos que han perdurado mintiendo con los índices de inflación, escondiendo la pobreza y ocultando las realidades sociales. Complicado.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

Dejá tu opinión

comentarios