Batalla ligera

agosto 12, 2016 9:19 am

Hay batallas que están destinadas a la inmortalidad. Por alguna razón, a veces extraña, se vuelven famosas. La lista de ellas está encabezada por la carga de la Brigada Ligera en la Batalla de Balaclava en el marco de la Guerra de Crimea. Ha sido honrada en poemas, libros y hasta en películas hollywoodenses.

Se la recuerda por el absurdo que implicó que tropas de caballería ligera británica armada con sables y pistolas cargaran frontalmente contra dos baterías de artillería rusa. Los resultados fueron los esperables: una gran mortandad de jinetes y de sus cabalgaduras.

La Guerra de Crimea fue disputada, mayormente, en la península que le da su nombre, entre Gran Bretaña, Francia y el Imperio Otomano, léase Turquía; contra Rusia, entre los años 1853 y 1856.

El motivo de la disputa fue religioso y giró en torno a los derechos que los turcos, en posesión de los Santos Lugares, podían otorgarle; ya sea a los católicos, apadrinados por Francia o a los ortodoxos, protegidos por Rusia.

Cuando el sultán turco se inclinó finalmente por los católicos, los rusos estallaron en cólera y enviaron sus ejércitos a Moldavia y a Valaquia, territorios otomanos en los que Rusia se consideraba la guardiana de la fe ortodoxa. Ante ello, franceses y británicos movilizaron hacia los Dardanelos sus poderosas flotas en apoyo de su aliado turco. En pocas palabras. la guerra estuvo servida.

¿A qué viene a cuento todo esto?

En que si la historia no se repite, tiene ritmo, tal como decía el escritor norteamericano Mark Twain. El ritmo lo vemos en los actores, en el teatro de operaciones y en los motivos. Hoy, como ayer tenemos a franceses, ingleses, turcos y rusos enfrentados por un tema religioso a caballo de ese lugar tan estratégico como lo son los estrechos que separan al Mar Mediterráneo del Mar Negro, a Occidente de Oriente.

Por supuesto, que la situación actual no es un calco de la de ayer, faltan, por ejemplo, los infaltables norteamericanos y puede ser que las alianzas no sean exactamente las mismas, pero no es difícil ver las similitudes.

Sucede que si antes el casus belli era el apoyo de los turcos a la dos versiones principales del cristianismo en Tierra Santa. Hoy, se trata del sostén que ellos prestan o no al colectivo conocido como el Estado Islámico. Mientras los rusos quieren que los turcos los ayuden a aniquilar a ese grupo; los norteamericanos, los franceses y los británicos quieren lo hagan para derrocar al actual presidente sirio.

Hoy como ayer, el juego a dos puntas de Turquía bien puede detonar un enfrentamiento regional y hasta global.

Miembro de la OTAN y aspirante frustrado a la UE, Turquía está sentada sobre dos sillas, una que la une a Occidente y a la modernidad a través de su secularismo y otra que la vincula a sus orígenes ancestrales y a ese ‘enfermo de Europa’ que fue el Imperio Otomano a través del islam.

Hoy, el gran interrogante estratégico es hacia qué lado se inclinará finalmente Turquía. Bien puede hacerlo por Occidente y mantener, tanto su secularismo como su actual sistema de alianzas. O bien, puede querer recrear las glorias de su antiguo imperio, reislamizarse y alterar el precario balance de la región y del mundo. Tal como parece pretenderlo su hombre fuerte, el señor Recep Tayyip Erdoğan.

En este sentido, el reciente autogolpe turco parece, por el momento, acentuar las probabilidades de la segunda de las variantes. Vale decir, una Turquía que busque la recreación de las pasadas glorias del Imperio Otomano. Tampoco puede descartarse que las Fuerzas Armadas turcas impidan este proceso en cumplimiento de su mandato constitucional de ser los guardianes del secularismo como lo han hecho en otras oportunidades en el pasado.

Sea cual sea el desenlace de la interna turca, las consecuencias serán graves. Una vez más, los clarines de la guerra bien pueden volver a oírse en uno de los lugares del mundo en el cual en el que han sonado en varias ocasiones a lo largo de la historia.

Por otro lado, hoy, los ejércitos modernos sólo usan a estas pintorescas unidades de la caballería ligera que popularizaron a la Guerra de Crimea para fines protocolares, como es el caso de nuestro Regimiento de Granaderos a Caballo.

El rol de esas unidades especialmente diseñadas para la exploración y la búsqueda del contacto con el enemigo ha sido reemplazado, hoy, por las fuerzas especiales y los helicópteros de ataque.

En un exceso de imaginación no nos debería sorprender, por ejemplo, leer mañana en las noticias que alguna de esas fuerzas vuelve a cargar contra una posición enemiga con los resultados previsibles.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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